En 1843, Charles Dickens publicaba una novela, mundialmente conocida, titulada «Cuento de Navidad». En ella se presenta la figura de un anciano, llamado Ebenezer Scrooge, mezquino, codicioso, que solo piensa en el dinero, sin más preocupación que los negocios y sacar el máximo rédito posible a los préstamos, sin ver más allá de lo que ocurre a su alrededor. En la víspera del día de Navidad, en Nochebuena, recibe la visita de su antiguo socio, Marley, fallecido años antes, quien le hace ver la condena que ha de llevar encadenado a viejos libros de contabilidad y a diversos contratos que le hacen sufrir de modo indecible, acompañándole en un rumbo sin destino y sin visos de poder descansar en paz.

La incredulidad de Scrooge le hace experimentar la visita de tres fantasmas que le harán considerar su vida desde el pasado, el presente y el futuro. La primera de las apariciones nos lleva de la mano hasta la infancia y juventud de Ebenezer, un muchacho jovial e ilusionado. La adolescencia y la vitalidad del momento contrastan con la desconfianza y el aislamiento social que vive en el momento de la aparición.

Por otra parte, el fantasma del presente señala la situación real que corre su empleado, Cratchit, prácticamente en la miseria, con un hijo enfermo, llamado Tim. Una situación dramática, pero que, sin embargo, es una situación que no resta alegría al ámbito familiar. Por último, el espíritu del futuro le hará ver su destino final: una muerte en soledad, corriendo la misma suerte que su socio y compañero de trabajo.

El despertar de Scrooge tras estas visiones en el día de Navidad hacen que se produzca un cambio absoluto y radical de vida: la actitud que desemboca en una serie de acciones caritativas que causarán la sorpresa de quienes le conocían. 

Este ejemplo maravilloso, explicado a grandes rasgos, permite que hoy valoremos la importancia de la experiencia en nuestra vida ante una circunstancia tan excepcional como la enfermedad del Covid-19. Desde el momento del confinamiento obligado para todos hace ya más de ocho semanas, hemos vivido y considerado situaciones que han permitido tener tiempo para recordar. Hemos hecho memoria de lo que en otros momentos vivimos, instantes de encuentros con amigos y personas cercanas, familiares que hasta hace más bien poco visitábamos con cierta frecuencia y conversaciones y vivencias diversas que tuvimos con quien tal vez ya no está con nosotros.

Esta experiencia nos ha hecho, seguramente, plantearnos el valor de un pasado que nos enseña y que nuestra memoria vuelve a hacerse presente de modo muy significado en las personas que queremos y deseamos volver a ver, también en aquellos que no estando con nosotros físicamente, nunca se borrarán de nuestro recuerdo, pues siguen muy presentes en nuestras vidas.

El momento actual, por otra parte, hace resurgir la experiencia de la vida como un desafío, pero también como una oportunidad para tener gestos importantes de acción de gracias. Cada día que amanece es para nosotros un momento de poder recuperar proyectos, compartir tiempo con los nuestros y, ¿por qué no?, recuperar amistades que han podido enfriarse por el transcurso de los años, por la distancia física o por situaciones diversas. Esta puede ser una oportunidad para restablecer esos lazos, ahora puede ser el tiempo para cambiar nuestra postura o, al menos, intentarlo. Pensémoslo.

El futuro podrá ser construido nuevamente por corazones que deseen en todo momento poder edificar, reforzar, ayudar, crecer; donde existan esperanzas posibles e ilusiones reales, donde el esfuerzo de todos sea considerado en atención al ser humano en su conjunto, pero, sobre todo, al más necesitado, a quien ahora más que nunca necesita acciones concretas que permitan salir de la frustración, la desesperación, el desaliento, el desasosiego, la pobreza humana, la desilusión y el conflicto entre los pueblos.

Hay quien decía que es necesario tener en cuenta el pasado para poder vivir mejor el presente, pero con una clara proyección de futuro. Este es el camino para una verdadera y fructífera conversión. El cambio no se producirá si no nos damos cuenta de los errores y si no deseamos interiormente transformar nuestra propia existencia con un objetivo: hacer posible una sociedad renovada y un mundo mejor y más justo. Miremos nuestra vida y seamos honestos ante Dios.

San Agustín decía: «Cuando un ser humano descubre sus faltas, Dios las cubre; cuando las esconde, Dios las descubre; cuando las reconoce, Dios las olvida».

Dale al play para escuchar la reflexión completa.

Audio: Iván Bermejo, Párroco de San Marcos, Alcalá de Henares.

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