En esta semana de Pascua el libro de los Hechos de los apóstoles nos ofrece el testimonio de los discípulos en su predicación y la muerte del primer mártir que la Iglesia venera, Esteban, diácono de la Iglesia primitiva al que tenían especial animadversión en varias sinagogas del momento por su forma de presentar el mensaje del Evangelio, de forma valiente y entregada.

A lo largo de la historia de la Iglesia numerosos han sido los ejemplos de mujeres y hombres que por amor a Jesucristo reciben la palma del martirio y entregan su vida a sus perseguidores quienes, a su vez, contemplan en esa muerte algo especial que a muchos de ellos les deja profundamente conmovidos: la base del perdón y la fortaleza sobrenatural para no renegar de la fe recibida.

Un informe de Libertad religiosa en El Mundo del año 2016, publicado por Ayuda a la Iglesia Necesitada, afirma que en los últimos años al menos 8313 cristianos han sido asesinados por su fe; al menos 1 de cada 6 vive en países donde existe persecución religiosa. El Cristianismo, dirá el informe, es en la actualidad la religión más perseguida del mundo. Si abundáramos más en este estudio, podríamos observar cómo existen mártires de la fe en países como Irak, Kenia, Pakistán, Nigeria, Libia, Yemen y Francia, entre otros.

En los primeros siglos del Cristianismo, la tradición martirial es muy abundante y las condenas se reflejaban en los cristianos apresados, sobre todo en los tres primeros siglos después de la Resurrección de Cristo, en forma de crucifixión, como Jesús y como los prisioneros políticos romanos, es el caso de San Pedro y San Andrés; como víctimas de los leones en un espectáculo de circo romano, es el ejemplo de San Ignacio de Antioquía, y, en algunos casos, con la lapidación, como San Esteban Protomártir, o el degollamiento, como San Blas Obispo. No obstante, según el historiador John Fletcher existen más mártires cristiano en el s. XX que en el conjunto de los diecinueve siglos anteriores.

Ciertamente cuando recibimos noticias como la del atentado del año 2017 contra un grupo de cristianos coptos egipcios en la entrada del monasterio de San Samuel, el confesor en Egipto, se presentan ante nosotros sentimientos encontrados, dudas, preguntas que nos asaltan, todas ellas en torno al sufrimiento y al origen del mismo. Adquieren aquí, por tanto, sentido las palabras de Jesús cuando nos recuerda el mensaje recibido del Padre: «Qué no se pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite para el último día». La vida del creyente y, por tanto, del cristiano no termina con la muerte, sino que se transforma y adquirimos por la Resurrección de Jesús una morada eterna en el Cielo.

La sangre de los que entregan su vida por la fe no es inútil, al contrario, es un ejemplo y un testimonio total y absoluto a Jesús, a su mensaje y a la respuesta convencida de modo personal vivida en la comunión de toda la Iglesia por anunciar allá donde se encuentran una forma de vida distinta. Este planteamiento de vida enuncia unos principios y valores inalterables que en numerosas civilizaciones han constituido su columna vertebral y han hecho posible un desarrollo extraordinariamente importante.

En la actualidad, en concreto en nuestra sociedad europea, no se produce una persecución religiosa cruenta, es decir, con derramamiento de sangre por parte de ningún tipo de institución política del momento, como era el caso del Imperio Romano, sino de circunstancias concretas más o menos recientes de odio a la Iglesia por etapas de preguerra o de conflicto, pero también en este momento estamos urgidos a dar testimonio de lo que profesamos y vivimos personalmente. Es el momento de llevar a cabo lo que hemos experimentado en profundidad y hacernos presentes en el mundo con ánimo renovado, con sinceridad absoluta, con entrega total, con seguridad y con alegría. Todo ello con un único objetivo: dotar a nuestros semejantes de una vía posible de esperanza, de ilusión, de confianza necesaria ahora y en el futuro. Ese sendero es el que podemos encontrar como elemento principal de actuación en las Bienaventuranzas del Reino que el Señor nos ha regalado y que, sin ningún lugar a dudas, puede transformar el mundo.

San Agustín de Hipona afirmaba que «los mártires al derramar su sangre por sus hermanos no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros como Cristo nos amó y se entregó por nosotros». Buena propuesta la que nos hace San Agustín, propuesta de misión y excelente inicio si de verdad queremos servir al Señor ya, desde ahora, y cuando volvamos a nuestras ocupaciones habituales.

Dale al play para escuchar la reflexión completa.

Audio: Iván Bermejo, Párroco de San Marcos, Alcalá de Henares.

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