Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada. Jacques Gaillot. Obispo Emérito de Evreux (Francia)

En el año 1968, la poderosa productora Metro Goldwyn Mayer, sorprendía al mundo del cine con una historia basada en un libro de Morris West y que estaría de máxima actualidad una década más tarde, pues se ha considerado, inexplicablemente como una visión profética de la elección del Papa Juan Pablo II que es, como ya conocemos, quien rompe una «tradición» no escrita en la elección de los sucesores de Pedro que, hasta ese momento, llevaban ocupando la Sede Apostólica por décadas los Cardenales de origen Italiano.

Kiryl Lakota, interpretado por Anthony Quinn, es elegido como líder espiritual de millones de católicos en el mundo entero y es el prototipo del cambio en las ideas y en los proyectos pastorales de la Iglesia Católica que permanecían oxidados sin muchos visos de cambio.

No olvidemos que la Iglesia, en el momento del estreno de la película, había salido de un acontecimiento singular y extraordinario que estaba llamado a revolucionar el propio concepto de Iglesia en sus estructuras fundamentales, me estoy refiriendo al Concilio Vaticano II, iniciado por el Papa Juan XXIII y concluido por Pablo VI.

Ya fue original, en su momento, el hecho de que fuera elegido un Papa Ruso, máxime, cuando había salido de un tiempo largo de condena a trabajos forzados en una circunstancia, demasiado compleja, como lo es un campo de concentración de la Rusia comunista. El motivo del confinamiento fue el simple hecho de ser Arzobispo del Bósforo. Un auténtico «mártir» del siglo XX capaz de verse sometido a interrogatorios interminables y a condiciones humanas deplorables por el hecho de ejercer su ministerio en un lugar y en un momento donde las libertades estaban restringidas y la Religión anulada. La diplomacia Vaticana, la más antigua del mundo, hace posible la puesta en libertad del Arzobispo a cambio de no hacer declaraciones que perjudiquen, más si cabe, las tan débiles relaciones diplomáticas entre dos Estados antagónicos, llamados a entenderse por el bien de los pueblos, como después se vería en el transcurso de la cinta.

Las luchas clandestinas, en el seno de la Iglesia, aparecen representadas por los Cardenales Rinaldi y Leone, interpretados por Vittorio de Sica y Leo McKern respectivamente. Este último recibiría el premio Nacional Board of Review como mejor actor secundario.

El afán de poder y la angustia de poder perder influencia ante un Papado que consideran influenciable, en un primer momento, hacen que se vayan desatando momentos de reflexión profundos en orden al subtítulo con el que he comenzado esta crítica. La actitud de servicio está puesta en cuestión en las figuras de estos cardenales que no piensan en el bien de la Iglesia, sino en su imagen y en las consecuencias de las críticas públicas que pueda tener la Iglesia Institución ante las decisiones de un Papa aperturista que tiene en su interior un único objetivo: seguir anunciando el Reino de Dios como Jesús de Nazaret lo hubiera querido. Sin miedos y sin temores, en servicio a la Verdad y a la Justicia. Aspectos también olvidados en hombres y mujeres de Iglesia del ámbito de la Jerarquía y del ámbito del Pueblo de Dios.

La envidia, pecado capital, es uno de los temas transversales que acompañan, durante buena parte del film, las relaciones entre un Poder anquilosado y una mente brillante que dialoga con el mundo y profundiza maravillosamente en los campos de la Filosofía y de la Teología. Me refiero al Padre David Telemond interpretado, magistralmente, por Oskar Werner. Muchos verían, en este personaje, el pensamiento del Padre Teilard de Chardin y su idea del «Cristo Cósmico» en referencia a la Universalidad de la Salvación de Dios no referida, simplemente, a la Humanidad entera sino a toda la Creación. Situación, ésta que refiero, que se encuentra de manifiesto en lo que denomino «trepismo clerical» y en los llamados «conquistadores de los títulos académicos» que miran, no por un mejor servicio al Pueblo de Dios, sino por un afán de presentarse de la mejor forma posible, en orden a obtener un mejor «puesto curial» o verse mejor reconocidos ante el Jerarca de turno. La antítesis de lo que Jesús quería para sus Apóstoles.

Otro aspecto digno de mención es la falta de apertura con un mundo en cambio constante. La actitud de diálogo será uno de los elementos fundamentales elegidos por el director, Michael Andersson, para mostrar ese cambio del que hablábamos al inicio de este comentario y la apertura hacia el mundo contemporáneo, todo ello, con el deseo que nace de una reflexión sincera y coherente que no se quede en simples palabras, sino que vaya seguida de actos consecuentes con ese discurso dirigido a paliar, realmente, las necesidades del pueblo.

Resultan impactantes las palabras del Papa Kiril en la Logia Vaticana en el momento de la coronación con la triple tiara, reproducción exacta de la utilizada por el último Papa que fue coronado, Pablo VI, cuando después de recibirla de manos del Cardenal Diácono se la retira, él mismo, de su cabeza y en un brillante excursus enajena las joyas de su corona para combatir el hambre del pueblo chino y continúa: «si para ello la Iglesia tiene que mendigar, sea en buena hora».

Las actitudes pastorales de atención a las realidades más concretas, en la persona del Papa Kiril, quedan significadas en los dos encuentros que, a nivel personal, mantiene con la Doctora Faber (interpretada por Bárbara Jefford) y su reflexión en torno al amor verdadero que supera cualquier dificultad y en la asistencia a un judío moribundo que, en su lecho de muerte y desde el momento crucial de una debilidad causada por la enfermedad, se presenta el concepto de humanidad que traspasa todas las fronteras iniciando, en este último ejemplo, una reflexión profunda en torno al ecumenismo. Para poder ser un buen Católico hace falta ser Persona si no seremos, en palabras de San Pablo, «como unos platillos que aturden o un metal que resuena.»

Querría terminar con un diálogo enriquecedor de una película que, a mi juicio, puede ser considerada profética a pesar de haber sido un fracaso estrepitoso en taquilla. Con el debido respeto del tiempo, veo esta producción como una obra maestra del cine por la capacidad que tuvo de anticiparse a lo que más tarde viviría la Iglesia Católica en una época de cambios estructurales que, en el momento actual, están conducidos por el Magisterio y la praxis del Papa Francisco.

El Papa Kiril pregunta al Cardenal Leone:

– ¿Cómo puede un hombre saber si las acciones las realiza para sí o para Dios?

Responde El Cardenal:

– Nadie lo sabe. Se tiene el deber de actuar, pero no el derecho a esperar aprobación. Ni siquiera el éxito en el resultado.

Responde el Papa:

– O sea que al final, nos encontramos solos.

Recomendada para el segundo ciclo de la ESO, Bachillerato y Grupos de reflexión.

Iván Bermejo.


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